Larry David, sin pelos en la lengua

¿Quién no levantaría la mano, o si se ha perdido la costumbre, apretaría el botón de like, si se le pregunta si no se debería dar un toque de atención a aquellos que hablan por el móvil a un volumen molesto en, por pongamos por casos, una cafetería o en un vagón de tren?.

Probablemente muchos estarían de acuerdo y la levantarían.

Pero cuantos de ellos la levantarían si se pregunta por quiénes se dirigen a ese foco de decibelios molestos, y le echan una reprimenda a su emisor.

Algunos menos, me aventuro a pronosticar.

Uno de ese reducido colectivo que se adentraría en la espinosa selva del “toque de atención” por comportamientos molestos es Larry David, el personaje protagonista de la serie cómica del mismo nombre. Que a su vez, y siguiendo un juego autoparódico, es el mismo nombre que del creador de la serie.

Este personaje se instala junto a su esposa en Hollywood, después de haberse hecho millonario con la co-creación de la serie de la década de los ´90 Seinfeld. No sabemos si la despreocupación que le inyecta su nutrido nuevo estado financiero le hace relajarse en cuanto a las formalidades sociales al uso. O si ya antes de Hollywood se desenvolvía con poca o nula diplomacia (o si era una vocación esperando en el banquillo su oportunidad de manifestarse). Este kamikaze social no parece adelantarse a las consecuencias que tendrán para él el manifestar su opinión en cualquier situación, tanto para dar un elogio como para responder por algo que le molesta. Naturalmente son más frecuentes las segundas circunstancias al ser un personaje plagado de manías. Generalmente sus líneas de ataque son las faltas básicas en la conducta cívica, como la apuntada sobre la las conversaciones de móvil en lugares y momentos molestos. Pero el catálogo de quejas haría palidecer a Amazón, cualquier falta ajena, por minúscula que sea, se la amonestará verbalmente y con aspavientos al causante de la misma, sea alguien que se cuela fingiendo conocer a alguien de la cola, u otro que aparca el coche invadiendo espacio de la plaza de al lado.

El segundo frente de ataque es en parte involuntario, ya que no se dirige a nadie en particular, y es el dar su opinión sobre cualquier tema, normalmente controvertido e incómodo, sin filtrar su opinión. Al no dirigirse a nadie en particular tiene un efecto amplificador que hace que más y más gente se ofenda. Puede ser sobre religión, discriminación positiva, educación infantil, o lo que le echen delante. El resultado, un montón de confrontaciones que suelen dejarle en pésimo lugar de cara a los demás, extendiendo una reputación de cascarrabias que viaja a casi tanta velocidad a cómo Larry intenta ensanchar su círculo de conocidos, a veces incluso la adelanta, avisados estos nuevos conocidos por el boca-oreja.

Gracias a su incapacidad para finalizar sin malentendidos los encuentros con otros nos iremos tropezando con innumerables situaciones cómicas del estilo patoso social (siguiendo la larga línea en el cine y televisión desde los hermanos Marx pasando por Woody Allen y más reciente Louis C.K). Algunas de las más divertidas y elaboradas que he visto. La estructura de los capítulos suele consistir en que Larry va dejando semillas de rencor en varios escenarios, éstas van madurando hasta que hacia el final todas se juntan y acaban explotándole.

Dejando a un lado las virtudes de la serie que son muchas en mi opinión, un tema que aquí interesa es el de las normas tacitas y el baremo de lo que se considera más o menos pertinente hablar en una situación y en un momento determinado. Tema que recorre toda la serie, si es que no es su eje.

Todos nos enfrentamos a dudas sobre esto, el temor a decir algo que en un momento determinado pueda ser valorado negativamente por los demás, tanto por no ser el contexto adecuado para expresarlo, como por las opiniones acordadas como aceptables según el momento de la historia, y según el territorio geográfico. Solemos sobrevalorar nuestro temor al rechazo, lo que nos hace ser demasiado precavidos y no aventurar un paso en falso. Y le tenemos demasiado miedo debido a que extendemos el rechazo percibido en una opinión que hemos manifestado, lo percibimos generalizado a la totalidad de nuestra persona, como si nos rechazaran al completo. A esta distorsión cognitiva sucumbimos alguna que otra vez, y consiste en identificar nuestras opiniones con nuestra persona en su globalidad. Cuándo sólo son partes parciales de nuestra manera de entender el mundo. Sólo intentos de completar una parte del cuadro de la realidad.

El distanciamiento, el no identificarnos con nuestras opiniones como dogmas de fé, son un primer paso hacia la flexibilidad psicológica, que nos puede ser de ayuda para alimentar la curiosidad por lo ajeno, por lo que está fuera de nuestra zona de confort. Y así bajar las defensas que con tanta frecuencia confundimos con la autoestima. Estas defensas suelen ser reaccionarias, y enquistan nuestros miedos al rechazo de los otros.

Puede parecer paradójico que esa terquedad en no replantearse las opiniones, como si estás fuera en el currículum a favor de una personalidad segura, no sea un camino adecuado hacia el pensamiento más libre, menos atado a condicionamientos externos. Pero no lo es. Al contrario, estas opiniones acaban siendo poco elaboradas, por considerarse las verdaderas, y sólo serán parte del pensamiento de tipo rebaño, en el que es más probable perder la identidad o dejarla al margen de nuestro margen de decisión.

Tal vez deberíamos dejar salir más a menudo esa pequeña voz a lo Larry David. Sin exagerar. Tampoco consiste en tirarle piedras a un coche cuando éste se salte el paso de cebra que vamos a cruzar, es suficiente con acertarle con un huevo.

https://www.mariosaban.com/blog-cabala/discusion-y-debate

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.