sobreestimulación y memoria

En una película de hace muchos años los invitados a una cena y sus anfitriones se van quedando encerrados en el salón donde tiene lugar el convite, y no porque fuera un secuestro organizado, simplemente ninguno quería ser el primero en irse. Y así estuvieron días sin salir del salón, quedándose poco a poco sin agua ni víveres, comiéndose los muebles.

Secuestrados y secuestradores eran los mismos agentes porque todos ellos habían digerido de modo inflexible unas normas de educación más pendientes del qué pensarán que del respeto a la convivencia. Y representan la hipocresía de un tiempo y un contexto concreto del siglo XX, especialmente de unos ambientes sociales determinados. Pero El ángel exterminador, que así se llama la película, hoy además nos habla de ese policía que todos tenemos dentro, de ese espía interior de las cloacas de la convivencia y del espacio común. El censor de los otros y de nosotros mismos que cada vez pone más trabas a que nos manifestemos con espontaneidad y naturalidad sin la amenaza de que nos sitúen en un lugar poco deseable y que nos categoricen en él.  Esto al igual que en la película nos condena a un inmovilismo real sólo paliado por los clicks en Internet.

Nuestros ritmos de asimilación y niveles de cuestionamiento se han venido reduciendo no con la aparición de las nuevos dispositivos tecnológicos, sino con la facilidad con que les hemos cedido la llave para que dirijan nuestras vidas. Pero la cosa no acaba ahí, la cesión de las riendas a cambio de una mayor comodidad e inmediatez tiene un efecto dominó que incluye el impacto en nuestros procesos psicológicos. De este modo también la capacidad de atención duradera e intensa en una sóla cosa ha mermado y esto dificulta la creación de nuevos recuerdos, o al menos de recuerdos más completos. Si los recuerdos en nuestra memoria son menos elaborados, o directamente no son accesibles, es fácil ser víctimas de la influencia interesada de ciertos agentes sociales o corporativos, y fácil que caigamos en los prejuicios y opiniones poco pasadas por el filtro del contraste con la realidad, y poco aderezadas con nuestro personal estilo de crítica. Y así como los recuerdos se van desdibujando, lo mismo ocurre con nuestra identidad. Dejamos la puerta abierta para ser vulnerables a la manipulación. Cada vez somos más depósitos de información, publicidad y opiniones que adoptamos pero no verificamos.  Depósitos que sin una mirada crítica y analógica (la rama ciencia de cómo se relacionan los hechos) acaban siendo una carpeta de spam que se autoborra al cabo de un tiempo.

Como venimos sosteniendo, el espacio de nuestras cabezas está colonizado por de todo menos por el desarrollo de la autoconciencia. Ante este paisaje plagado de noticias cambiantes y aceleradas, y de mensajes con un máximo de 280 caracteres,  que pronto se lleva el río de la amnesia, es importante cuidar la comunicación pausada, amansa a la fiera de la ansiedad, de las fobias, obsesiones, tristeza y desesperanza. Nos han imbuido con que somos nuestro propio producto y nuestra propia marca, y no es de extrañar que los índices de confianza entre personas  hayan descendido sensiblemente, el uso utilitario de los demás en detrimento de la cooperatividad y fraternidad. Así se buscan mensajes para llamar la atención imitando lo que se ve en la vida paralelas de la red, donde parece que la descalificación y el cinismo ganan adeptos cuantificados en seguidores y likes. Además, el pensamiento crítico y lento está a la baja, al igual que  la curiosidad y paciencia para enriquecernos con el arte o la filosofía entre otras ramas del saber.  

La manera de relacionarnos está cada vez más parametrizada por algoritmos,  llenando la ausencia con avatares, menos presencial con nuestras personas cercanas, y que nos proponen llenar esa soledad residual de diferentes maneras,  muchas de ellas para compensar esa alienación a que nos someten nuestros roles de consumidores- clientes, y otras más para mantenernos en esa condición, para convivir y sobrevivir a todo esto la psicología puede ser una herramienta valiosa al buscar momentos y espacios para la reflexión, para decidir qué queremos y qué no, y priorizar según nuestras motivaciones y valores.

La psicología es la ciencia de la conducta, el conocimiento de la manera de conducirse en todos los ámbitos,  social, familiar, ecológico, e introspectivo. El pensamiento es una conducta, aspira a ser la mano que lleva el volante, pero si se deja llevar siempre por atajos, es decir por los calores de las emociones no procesadas, y si a éstas no se las escucha y tiene en cuenta, el coche facilmente puede desorientarse, o resbalar en los charcos de la complejidad en que vivimos, y en el mejor de los casos pasar una temporada en el taller, en el peor no darse cuenta de que el coche está averiado.

Revisar con frecuencia nuestros sesgos, ideas preconcebidas sobre nosotros y los demás y cómo éstas nos provocan problemas. Buscar una línea de pensamiento basado en el  autoconocimiento de nuestras reacciones habituales, nuestra biografía para ver si nos estamos sometiendo a unas expectativas impuestas desde el exterior y que no nos hemos replanteado, así como el significado de hechos cruciales, hitos o núcleos de nuestra biografía, que hemos interpretado de una  única manera y que nos han condicionado y provocado que evitemos situaciones similares. Todo ello con el objeto de entrenar nuestro músculo criticó que filtre las influencias que valoramos enriquecedoras y las separe de aquellas que, de atracón en atracón, se introducen en nuestra mente de modo compulsivo y adictivo como si nos cebásemos de modo semejante al que algunos ceban a las ocas. Y no queremos acabar en una lata de paté sobre la mesa de George Soros ¿no?.

https://elpais.com/cultura/2018/02/07/actualidad/1517989873_086219.html

https://elpais.com/cultura/2018/12/14/actualidad/1544788158_128530.html

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